
Siempre he dicho que soy una chica de la ciudad. Se sabe por mis pies – delicadísimos. Acostumbrados a la comodidad del zapato, ellos sufren mucho descalzos en la arena o la tierra. Se sabe por la manera en que guardo mi cartera – nunca en la bolsa de atrás y siempre con un billete de emergencia: cinco dólares para asegurar que un ladrón miedoso me dejará en paz, en vez de hacer una locura de la que los dos vayámonos a arrepentir. Se sabe por el respeto que tengo para las reglas no escritas del transporte público – 1) Quita la mochila de la espalda para crear más espacio y ponla entre los pies, para apretarla y no perderla. 2) No dejes el asiento al lado de la ventana vacío. 3) Cuando el turista confundido viendo el mapa comienza a sudar con preocupación, ofrece ayuda, pero nunca antes.
No todas las chicas de la ciudad son iguales, porque no todas las ciudades son iguales, ni las experiencias que cada barrio brinda. Crecí en una ciudad particular, en un barrio particular, en una calle particular, entre dos avenidas particulares, en un tiempo particular… con vecinos, tradiciones, e historias que compartíamos solamente entre nosotros. No sabíamos la suerte que teníamos hasta perderla. Como decía Joni Mitchell – No siempre parece ser así, que no sabes lo que tienes hasta no tenerlo… Don’t it always seem to go, That you don’t know what you’ve got til it’s gone.–
En mi calle, éramos cuatro niños con más o menos la misma edad: Daniel, Marcus, Nicky y yo. Cuando yo me cansaba de los juegos de varones, con sus pistolas y sus gritos, buscaba a Benji, mi muñeco humano. Era el hermanito de Daniel, cuatro años menor, y lindísimo. Me encantaba cuidarlo. Se sentaba a mi lado en las escaleras en frente de la casa, chupando el dedo de una mano y tocando mi cabello con el otro.
Cuando quería un cambio en la otra dirección, buscaba a los niños cuatro años mayores – mi hermano, Erica, Jason y Sarah. Observaba como hacían las cosas, e intentaba mantener su ritmo. Quería ser chida como ellos, y hacia todo lo posible para descubrir el secreto que guardaban – la manera en que caminaban, la ropa con que se vestían, las palabras que usaban.
Como niña, no había percibido que ellos estaban copiando otros ejemplos: los hermanos de Jason y Erica, y sus amigos, que me cuidaban cuando mis padres salían de noche. Estaban tan viejos que casi no los veíamos en la calle. Ellos tenían estudios y fiestas que los apartaban del barrio.
Y que pena para ellos. Porque había tanto que hacer en nuestra calle. Atrás de las casas, había patios donde jugábamos por horas. Algunas familias habían hecho portones que hacían posible el acceso de un patio a otro. Sentíamos que estábamos dentro del libro El Jardín Secreto, por Frances Hodgson Burnett. Hacíamos casas con cartones de refrigeradores que mi padre encontraba. Corríamos de una casa a otra, subiendo las cercas cuando no habían adultos cercanos para regañarnos.
Pero la mejor diversión pasaba en frente de la casa. Jugábamos stoop ball, running bases, rayuela y skelly. Cuando un camión vendiendo helados pasaba lentamente, corríamos a la casa de al lado, donde vivía un padre que era maestro, entonces llegaba a casa antes que cualquier otro padre. Casi siempre nos daba dinero para comprar la rana, con ojos de M&Ms, o Buffalo Bill, con una bola de chicle para la nariz. Cuando nos cansábamos, nos sentábamos en las escaleras o en el piso, dibujando con tiza de colores hasta la puesta del sol.
A cuatro cuadras en una dirección, estaba una biblioteca linda, un regalo del monopolista John Davison Rockefeller. Cuatro cuadras en la otra dirección, había una cancha para jugar handball. Cuando mi papá iba a jugar allí, llevaba una escoba para quitar todo el vidrio roto antes del juego.
Los días mejores que los cumpleaños o cualquier día festivo eran cuando mi padre se levantaba súper temprano para cerrar la calle con botes de basura y cinta amarilla y negra. Nos preparábamos por meses para los famosos block parties. Los conductores no podían estacionarse en la calle esos días, y no querían, por miedo de lo que les podría pasar a sus carros. En bicicletas y patines, íbamos de un lado al otro. Jugábamos stickball, un juego callejero que está entre béisbol y vitilla, de la Republica Dominicana.
El bombero que vivía en la calle sacaba su llave inglesa que abría la bomba para refrescarnos. Reíamos con emoción porque sabíamos que abrir la bomba era ilegal y porque el agua estaba TAN fría. Dos padres construían un curso de obstáculos con heno para esconder cucharas, agua para llenar las piscinitas, y tubos para pasar por dentro. Mis amigos y yo vendíamos libros viejos, limonadas y pulseras de amistad que llevábamos semanas preparando.
Desayunábamos, almorzábamos y cenábamos en la calle. El desayuno y el almuerzo ocurrían en la calzada, desde la casa de un voluntario. La mayoría de los adultos comían de pie, y la mayoría de los niños comían en movimiento. Pero la cena, LA CENA, requería la participación de todos. Sacábamos mesas para poner en medio de la calle. Cada familia contribuía un plato diferente y cada año la vecina llegaba con una bolsa del restaurante chino. Ya sabíamos lo que íbamos a encontrar allí dentro: fideos con salsa de semillas de sésamo. Después de la cena, una familia sacaba su televisión, y veíamos películas en la calle hasta dormirnos.
En estas fiestas, nos sentíamos tan tranquilos y tan seguros, entrando y saliendo de las casas de los vecinos. No nos preocupábamos por tener la llave de nuestra casa, porque siempre había tres vecinos que también la tenían, en caso de que… No recordábamos que nuestros amigos, que vivían al lado del parque, no tenían permiso de sus padres de caminar solitos a nuestras casas.
La avenida de al lado del parque tenía los apartamentos más caros. Desde allí, nuestros amigos caminaban hasta la octava avenida, una avenida residencial, o la séptima avenida, la avenida comercial. Pero la sexta, también residencial, era para evitar. Por tener menos movimiento, había más asaltos. Y la quinta avenida, con sus botánicas y bodegas, parecía y se escuchaba como un pequeño Puerto Rico. La cuarta avenida tenía almacenes abandonados. Siempre había lugares allí para estacionar el carro, pero nadie confiaba que lo iban a encontrar de nuevo al otro día.
El rito de pasaje no era recibir la licencia de manejo, como en el campo y los suburbios, sino usar el metro solito. Había dos estaciones del metro iguales de lejos de la casa: en la séptima avenida y en la cuarta. Si mi madre se enteraba de que había usado la estación de la cuarta avenida… vamos a decir que me complicaba mucho la vida.
Con el uso del metro, la ciudad se expandía a dimensiones que nunca habíamos imaginado, comenzando por el barrio de nuestra escuela y luego las actividades que hacíamos después de la escuela. El viaje diario solía ser una hora o más, dando tiempo para hacer tarea cuando habían asientos disponibles.
De regreso a la calle, escuchábamos por las paredes que cada casa compartía con ella al lado cuando nuestros vecinos peleaban con sus amigos o sus padres. Pero las relaciones entre nosotros habían cambiado. Rara vez los vecinos iban a la misma escuela. Era más fácil pasar tiempo con amigos cerca de la escuela, porque podría ser un viaje de dos horas entre una casa y la otra. Empezamos a entender como era para los hermanos de Jason y Erica, que solamente se encontraban en la calle cuando estaban ganando dinero por cuidar al hermanito de alguien. Nos saludábamos cuando nos veíamos en la calle, pero no daba tiempo para parar y hablar.
La universidad nos llevaba lejos de la calle, por varias partes del país. No queríamos ir a la universidad allí cerca porque íbamos a tener que aguantar el proceso de los demás estudiantes de descubrir la ciudad que ya era nuestra casa. Era mejor ir a las tierras de ellos.
Cuando visitábamos en las vacaciones, pocas cosas parecían iguales. Los vecinos ya no cenaban en las escaleras en frente de la casa, con vasos de vino y botellas de cerveza a las escondidas. Los niños se quedaban dentro de la casa, con sus niñeras y sus video juegos. El barrio estaba cada vez más seguro, pero los habitantes tenían cada vez más miedo. No tenía el carácter que recordábamos de nuestra niñez. Hablábamos con amigos que vivían en otras calles y aprendíamos que no era el barrio entero que había sido criado como nosotros. Y sabíamos que éramos, somos, suertudos.
Pero voy de regreso. Y voy con mi hijo, que va a jugar en la calle con sus vecinas, las hijas de Daniel, quien también ha regresado. Mi generación está de vuelta y nos acordamos de los momentos increíbles que pasamos allí: la primera vez que me equilibré en mi bicicleta sin mi papá corriendo al lado, con la mano abajo del asiento; la fiesta de cumpleaños que hicimos para el perro de Benji; cuando Papá Noel llegó a la casa de al lado, pareciéndose un poco mucho al padre de Nicky. Creo que la hora llegó para hacer cursos de obstáculos de nuevo. Vamos a jugar skelly, rayuela, stoop ball y running bases hasta el atardecer. Podría ser la hora que nuestros hijos descubran, tarde o temprano, cuanta suerte ellos tienen.