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La historia nos enseña que las lenguas romances son primas-hermanas: vienen de la misma región del mundo y comparten como tatarabuela el latín. Dentro de mi cabeza, viven dos de las cinco: el español y el portugués. Deben de apoyarse, ayudarse entre ellas, como una buena familia. Pero, como las familias de la realidad, la mayoría del tiempo, se la pasan peleando.
Hasta llegar a ser un adulto, fui monolingüe. El lenguaje de mis conversaciones, mis pensamientos y mis sueños era el inglés. El español era algo que estudiaba en la escuela. Después de algunos cambios de amigos y de países, lo hablaba tanto que los dos idiomas empezaban a competir para ver cuál llegaba más rápido a mi mente. A veces ni mi propia madre me entendía, y como se espantaba.
Llegué a Brasil pensando que el español me ayudaría a conquistar el portugués con rapidez. Al inicio, parecía que el portugués era simplemente el español estirado. Portero es porteiro. Oro es ouro… Es como la diferencia que existe entre la pronunciación del inglés en el norte de los Estados Unidos y la pronunciación del sur. Square del norte es squa-er en el sur. Red es rey-ed.
A veces, el portugués se parece al español con una sílaba extra. Hoy es hoje. Verdad es verdade. Otras veces, requiere un cambio chiquitito. Abeja es abelha. Naranja es laranja. Jugo es suco. Todo bajo control.
Para atinar el tono del portugués, lo más importante es hablar el español como si fueras una señora de por lo menos 50 años, quejándose de su marido, que es un bueno para nada… una rata de dos patas, como cantaba Paquita la del Barrio. Solamente así se puede adquirir esa manera de pronunciar las palabras desde adentro, muy dentro, de la nariz y la garganta. Hay que mostrar siempre un poco de insatisfacción, hasta cuando estés feliz.
Las complicaciones vienen cuando confías demasiado en la hermandad de los dos idiomas. Los primos-hermanos tienen cosas en común, pero no para tanto. Comparten un lado de la familia, pero el otro lado… nadie los entiende. Por cada vez que el español me servía de apoyo en mi camino para aprender el portugués, había una otra que me complicaba toda la vida.
Cuando paso por las farmacias Pacheco, espero ver gente riéndose allí dentro, comiendo comida chatarra y usando gotas para los ojitos, como los pachecos de México. En la borracheria, todavía me sorprende ver llantas en vez de hombres tambaleándose. No encuentro la manera de usar la palabra pegar en portugués. Vou pegar sua filha na escola. Nunca le pegaría a la hija de nadie, y especialmente no lo haría en la escuela.
Lo peor probablemente fue con mi estudiante tonto. Yo estaba dando clase de matemáticas, la materia que menos le gustaba al niño. Él caminó a mi lado, con una expresión de malestar, y me dijo, – Ms. Estou tonto. – Traté de tranquilizarlo, repitiendo el coro de César Chávez, el activista chicano – Sí, se puede. – Ya estaba convencida que lo tenía que mandar para la consejería, para ayudarle con el autoestima, cuando el pobrecito pidió que su amigo le tradujera. Finalmente, entendí que necesitaba mandarlo a la enfermería porque estaba mareado, y la tonta era yo.
Hay otras veces cuando dependía del español de una señora infeliz cuando el inglés de un niño feliz me hubiera ayudado mucho más. Después de casi 5 minutos de pedir sobres a un empleado de Kalunga, él me entregó envelopes. Um cara es un hombre. La cara es a cara, pero soy delicada y digo face. Un vaso se dice copo, pero los dos contienen agua (água), por lo menos.
Algunas pronunciaciones del portugués se me hacen simplemente crueles. Mi maestra de portugués, Gilce, duró años para convencerme que ella y su hermana, Dilce, no tienen el mismísimo nombre. Mis abuelos son mi avó y mi avô. Difícil. Cuidado cuando pides un puré de aguacate (abacate). Te pueden entregar un puré de piña (abacaxi). Tu queixo se mueve cuando comes quiejo. La lista nunca acaba.
La belleza del español es que solamente tiene cinco maneras de pronunciar las vocales. A veces le das más énfasis a una que otra, cuando lleva un acento, pero cada que ves una a escrita, sabes cómo pronunciarla. El portugués no te simplifica tanto la vida. No solo están estiradas las vocales, también son bipolares. Cada una puede tener múltiples personalidades. Algunas se creen ñ, robando su tilde (ã). Llevan acentos que llegan de cualquier lado (á, à), o aparecen como sombreros (â). Otros no llevan acentos, pero si los pones al final de la palabra, tienen una crisis de identidad. E se convierte en i y o se convierte en u. La frase – Este livro – no es lo que parece.
Cuando crees que finalmente estás entendiendo el juego, descubres que el portugués tiene mucho que ver con el francés, porque pone letras al final de palabras que no son pronunciadas. La pronunciación de casal no termina con l, sino con u. Todavía es peor cuando roban palabras de otros idiomas, y pronuncian vocales al final de palabras que no tienen. Smart Fit, ping pong. Pero lo más confuso es cuando lanzan estos sonidos… ¡allí dentro de las palabras! Advogado, admirar, adiantar. Ok. Adiantar no cuenta, pero Netflix, laptop, y picnic ¡sí!
Realmente, no es justo. Finalmente comprendemos que tenemos que hacer sonidos que no están escritos, y no hacer otros que las letras nos están señalando. Estamos tan exasperados que nuestros amigos brasileños sugieren que veamos um psicólogo. No me digas… Tanto trabajo para meter una i entre la t y la m de Batman, y se pronuncia la p de psicólogo. Debe ser pisicólogo, por lo menos, ¿no crees?
Dios mío, portugués, ¿quién te entiende?
¿O es mi Dios? Ya no me acuerdo.